sábado, 1 de febrero de 2014

Primer poema

No debo 
proclamar así mi dolor. 
Estoy alegre o triste y ¿qué importa? 
¿a quién ayudaré? 
¿qué salvación podré engendrar con un lamento? 
Y, sin embargo, cuento mi historia, 
recaigo sobre mí, culpable 
de las mismas palabras que combato. 
Paso a paso me adentro, 
preciosamente me examino, 
uno a uno lamento mis cuidados 
¿para quién, 
qué pecho triste consolaré, 
qué ídolo caerá, 
qué átomo del mundo moveré con justicia? 
Remotamente quejumbroso, 
remotamente aquejado de fútiles pesares, 
poeta en el más venenoso sentido, 
poeta con palabra terminada en un cero 
odiosamente inútil, 
cuento los caedizos latidos 
de mi corazón y ¿qué importa? 
¿qué sed o qué agobiante 
vacío llenaré de un vacío más fiero? 
Poeta, oh no, 
sujeto de una vieja impudicia: 
mi historia debe ser olvidada, 
mezclada en la suma total 
que la hará verdadera. 
Para vivir así, 
para ser así anónimamente 
reavivada y cambiada, 
para que el canto, al fin, 
libre de la aquejada 
mano, sea sólo poder, 
poder que brote puro 
como un gallo en la noche, 
como en la noche, súbito, 
un gallo rompe a ciegas
el escuadrón compacto de las sombras.

José Ángel Valente